PUEBLOS Y FUTURO

En estos comienzos de siglo XXI, únicamente existe cierta conformidad, en el ambiente político, de que a lo largo de la historia, tomada ésta en su sentido más amplio, en la península ibérica han «coexistido» distintos pueblos. En todo lo demás, pluralidad de criterios. Se difiere y discute sobre la historia de esos pueblos. Frente a quienes mantienen que tales pueblos no sólo han coexistido, sino, además convivido; otros niegan tal coexistencia o convivencia, que no sólo no se ha dado, dicen, sino que la realidad ha sido el sometimiento de unos por otros.
Se mantiene por algunos que esos pueblos constituyeron una entidad política llamada España, término nefando para otros, que lo sustituyen por el de Estado, asépticamente, en abstracto, sin calificativos. No faltan quienes piensan que cualquiera de los dos términos afecta o agrupa al resto de pueblos, pero no al propio.
Todo ello es producto de esas historias distintas, que han conmocionado profundamente no sólo a la península ibérica, sino a Europa y al mundo entero. La revolución francesa, las guerras napoleónicas, las revoluciones de 1848, la guerra franco prusiana y las dos grandes guerras del siglo XX con todas sus secuelas. A todas estas convulsiones y diferencias de criterios, ha de hacer frente el pueblo, en el sentido de grupo humano que convive en un determinado territorio, con sus características propias. Por vez primera a lo largo de dos siglos los pueblos de que venimos hablando van a poder decidir, de verdad. El sufragio universal es reciente, y nada digamos de la inclusión en él de la mujer, traído entre nosotros por la segunda república.
Por primera vez en dos siglos, quienes han de decidir con su voto la marcha política de esos pueblos, no han hecho o vivido una guerra, y posiblemente sean más capaces, por ello, de asumir esa misión con menos ideas preconcebidas, mirando más al futuro y menos al pasado.
Partiendo del reconocimiento de la existencia de los pueblos, de una nueva generación sin demasiadas cargas históricas y un sistema democrático con muchas cosas que mejorar, ¿no podría celebrarse una conferencia de los pueblos de las Españas para que, directamente, puedan éstos decidir?. Todas esas diferencias de criterios que afectan fundamentalmente al si se quiere o no convivir, y a la manera de hacerlo, en su caso, podrían quedar resueltas definitivamente dando solución para los que no quieran hacerlo, y modo y manera en que deseen hacerlo los que opten por la convivencia. Parecería imprescindible, si se quiere que tal conferencia de los pueblos de las Españas sea real, que todos los pueblos tuvieren el mismo valor decisorio, con independencia de su población o cualquier otra circunstancia.
Como se trataría de saber lo que de verdad querían los ciudadanos de los pueblos, cada uno de éstos vendría obligado a conocer lo que querían, mediante todas las consultas populares precisas llevadas a cabo con autorización del Gobierno central, para que la decisión fuese lo más popular posible y por tanto la que más se acercara a la democracia.
De esa manera, poco a poco, irían definiendo el edificio que querían construir, comenzando por sus cimientos, fachadas después y terminando por el mobiliario. También determinarían, qué iba a ser de los materiales sobrantes.
Quien debería de convocar la conferencia parece lógico que fuera el presidente del Gobierno central, para respetar en la tramitación la situación en la que nos encontramos, aun cuando tal vez, el más indicado sería el presidente del Senado dado el carácter de Cámara territorial que tiene la misma.
Pensamos que es posible. Nadie da nada hecho. Difícil, sí, pero merece la pena acometer la tarea. Las generaciones que nos sigan, tras dos siglos de convulsiones, se encontrarían ante una situación de estructura política, autogestionada, y no impuesta. -
José Angel Pérez-Nievas - Secretario del Partido Carlista, EKA, en Navarra

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